Clichés evangélicos analizados

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EXAMINANDO ALGUNOS CLICHES EVANGELICOS
Pablo Santomauro

Exención de responsabilidad:
El autor del artículo asume total responsabilidad sobre los comentarios aquí expresados. Al preparar este trabajo, el autor no lo hizo en representación de ninguna de las organizaciones o ministerios en los cuales está involucrado, deslindado toda responsabilidad sobre ellos.
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Introducción
Debido a que los evangélicos tenemos la saludable premura de ganar almas para Cristo siempre estamos tratando de crear frases ingeniosas o clichés que produzcan el impacto de convicción necesario en el incrédulo y lo atraigan al evangelio de Cristo. Del mismo modo, guiados por el amor a los que se pierden y temiendo que estos puedan ofenderse con la predicación del evangelio, tratamos de ser lo más diplomáticos posible. En la empresa, sin querer podemos llegar a omnubilar el mensaje manejando conceptos que si bien contienen verdades en su fibra medular, pueden tener un efecto negativo en la vida del convertido a posteriori. En muchos casos hasta llegan a contradecir la enseñanza bíblica, enseñando algo que simplemente no es verdad.  A continuación elaboramos en algunos clichés evangélicos con la finalidad de analizarlos honestamente y sopesar su fidelidad a la verdad.

El Cristianismo no es una religión, es una relación.

¿Qué es una religión? Por definición, una religión es una cosmovisión que nos comunica lo que debemos creer y cómo debemos vivir. Está compuesta de ideas, i.e. doctrinas, y valores morales. Una religión requiere que aceptemos ciertos conceptos e ideas como la Verdadera explicación de todo lo que es. La aceptación intelectual de esos conceptos e ideas como la Verdad, es lo que se define como “fe”. Además de esto, una religión requiere que sigamos una lista de mandamientos, prohibiciones, y rituales.

La pregunta que yo siempre hago a los cristianos, es: ¿Es el cristianismo una religión? Ellos, por lo general, vacilan para contestar. ¿Por qué? Porque muchos vienen escuchando por mucho tiempo el cliché: “El cristianismo no es una religión, es una relación.” Esto es repetido constantemente por algunos predicadores, pero no es una frase muy inteligente.

Yo entiendo que la intención es buena. Ellos quieren transmitir que la salvación de los humanos no es algo que se logra con buenas obras o cumpliendo ciertos ritos. Esto enseñan las religiones del mundo, pero el verdadero cristianismo enseña que la salvación sólo viene por gracia solamente. No importa cuántas cosas buenas usted haga, eso no le gana el cielo. Es sólo la fe en Jesucristo la que cuenta, i.e., una relación con Dios.

Es por ello que los predicadores cristianos quieren desprenderse o alejarse del concepto de “religión”, por la connotación negativa que acarrea el término. De este modo, surgió alguien con una solución, o sea, decir que el cristianismo no es una religión, sino una relación. Como “religión” y “relación” riman, el eslogan se hizo popular rápidamente.

Pero estamos frente a un error, el cristianismo sí es una religión. La diferencia con las demás religiones consiste en que es la verdadera religión. Esta verdadera religión implica una relación con Dios. Entonces, a lo sumo podríamos decir que el cristianismo es ambas, una religión y una relación.

Algo similar sucede cuando algunos dicen que el cristianismo no es una lista de cosas “qué hacer y qué no hacer”, o sea, una listas de “sís” y “nós.” La intención aquí es que la gente entienda que la salvación es por gracia solamente, y que no se puede ganar haciendo o no haciendo esto y lo otro (lo cual es correcto).

El problema es que el cliché puede transmitir la idea de que el cristiano goza de cierta flexibilidad moral extrema, algo que es erróneo.

No existe tal cosa como cristianismo sin una lista de ‘sís” y de “nós”. Usted no puede ni siquiera conducir un automóvil, o vivir en familia, o trabajar en una oficina sin una lista de “sís” y de “nós.” Todo lo que hay que hacer para ver si hay cosas que debemos de hacer y no debemos de hacer, es abrir la Biblia. Frases como, “Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros”, “huid de la idolatría”, “No dejéis de congregaros”, “haced bien a todos”, etc., deberían ser suficiente para que nosotros pongamos el eslogan en nuestra propia lista de cosas que debemos evitar cuando estemos predicando o enseñando.

Dios le ama y tiene un maravilloso plan para su vida.

¿Recuerda el lector las cuatro leyes espirituales de Campus Crusade for Christ?  En las cuatro se menciona el amor de Dios y el plan de Dios para la vida del pecador. Hoy en día aun escuchamos en muchos sermones evangelísticos, o sea, predicaciones dirigidas al no creyente, el conocido “Dios le ama y tiene un plan para su vida”. El mismo mensaje se presenta desde la mayoría de los púlpitos evangélicos, poniendo énfasis en una relación personal con Dios.

Hoy acabo de repasar las cuatro leyes espirituales una por una, con los versículos que se dan apoyando cada una de ellas. He notado que en ninguna de ellas se menciona directamente la necesidad de arrepentimiento por parte del pecador. El énfasis mayor en todo el plan de las cuatro leyes es “recibir a Cristo en su vida”. Es cierto que el plan hace repetida mención de que somos pecadores, que nuestros pecados nos separan de Dios y de que Cristo murió por nuestros pecados. Alguien con conocimiento bíblico puede argumentar que el arrepentimiento está implícito en las afirmaciones previas, con lo cual concuerdo. Pero, ¿puede el no creyente deducir la necesidad de arrepentimiento al escucharlas?

Otra pregunta: ¿Es bíblico predicar el amor de Dios a los no creyentes sin mencionar el arrepentimiento?  O simplemente: ¿Es bíblico procurar ganar almas para Cristo promoviendo una relación personal con El? ¿Es bíblico esperar convertir al no creyente con la promesa de que Dios tiene un plan para su vida?

Cuando vamos a los tiempos de la Iglesia Primitiva, ¿muestra el registro del libro de Hechos la noción de que el foco central del cristianismo es una relación de amor con Dios y el mejoramiento de nuestra vida personal?

Yo no pude encontrar eso en el libro de Hechos. Ni en la predicación de Pedro en Pentecostés, ni en la predicación de Pedro a la puerta de la Hermosa, ni en sus palabras delante del sumo sacerdote, ni en su segunda defensa ante el Concilio.  Ni en la defensa de Esteban frente al Concilio, ni en el mensaje de Pedro a la casa de Cornelio, ni en el  mensaje de Pablo a los judíos en la sinagoga de Pisidia, ni en el discurso de Pablo en Atenas, o su defensa en Jerusalén, o su presentación frente al Sanhedrín, la defensa frente a Félix y Drusila, y finalmente frente a Agripa.

No hay una sola mención del amor de Dios, de que Dios tiene un plan para su vida, de que debemos tener un relación con Cristo o una tierna relación con Dios. El amor brilla por su ausencia. El énfasis está en la necesidad del perdón de pecados, en que Cristo puede perdonar, o en su defecto, puede traer juicio sobre los no arrepentidos.

¡Qué extraño! El amor de Dios no es mencionado ni una sola vez en todo el libro de Hechos. ¿Será esto una cosa a tomarse en cuenta cuando predicamos el evangelio? ¿No será una indicación de que cuando predicamos para el incrédulo y tratamos de seducirlo con una relación personal y el amor de Dios estamos equivocando el camino?

Por supuesto que las Escrituras, y en especial las epístolas en el Nuevo Testamento, destacan el  amor de Dios en forma abundante, pero parecería que en todas las instancias en que se menciona el amor de Dios y una relación personal con El, el contexto indica que el mensaje es para los que ya están en Cristo.

Por último, digamos que si usted le predica a los inconversos poniendo el énfasis en que Dios tiene un plan para su vida, procure que la persona no conozca lo que le sucedió a Esteban, a Jacobo, o más adelante a Pablo y los demás apóstoles. Puede que no responda muy bien al llamado a entregarse a Cristo al final de su sermón.

La salvación en los últimos momentos de vida.

Cuando un incrédulo muere sin exhibir muestras de haber aceptado a Cristo como Señor y Salvador, es lógico lamentarse porque su alma se perdió. Algunos hermanos consideran que es posible que en su lecho de muerte, en los últimos segundos, la persona pudo haberse arrepentido y salvarse. Esto de la salvación en el último minuto, o la salvación del estribo, o para hablar en términos futbolísticos, salvación en los descuentos, se ha convertido en un cliché muy popular. Proviene mayormente de nuestros hermanos en Cristo inclinados hacia el misticismo, y por lo general incluye la participación de Cristo o un ángel apareciendo al moribundo en los últimos instantes de su vida.

Por cierto que si el evangelio es presentado a la persona en su lecho de muerte y ésta recibe a Cristo, la persona será salva. Pero el mensajero del evangelio debe ser un persona humana. Dios ha dispuesto que el evangelio sea transmitido por seres humanos, así que la idea de que un ángel en los últimos segundos haya presentado la verdad al pecador,o Jesús se le haya aparecido, es absurda.

Quiero recalcar el concepto. Los inconversos deben indefectiblemente escuchar o leer acerca del Señor Jesucristo por medio del hombre como instrumento para poder ser salvo. El evangelio no viene a nosotros por medio de los ángeles, de visiones o sueños. Es por ello que yo soy escéptico respecto a las historias que vienen desde el mundo islámico, donde aun misioneros cristianos relatan que Jesús se le ha aparecido, ya sea en visión o en sueños,  a musulmanes que se convirtieron luego de ello.

Dios ha designado a la Iglesia el privilegio y la responsabilidad de diseminar el evangelio (Mt. 28: 19-20; Mr. 16:15; Ro. 10: 13-17). Se entiende, por tanto, que Dios siempre enviará el evangelio a los que han sido ordenados para vida eterna por medio de un instrumento humano. Ejemplos de esto fueron Cornelio y el eunuco, en el Nuevo Testamento.

¿Es posible la salvación en el último minuto de vida? ¡Por supuesto que sí! Pero sólo si un humano le presenta el evangelio en ese momento, o en su defecto, el inconverso moribundo clama a Cristo en arrepentimiento y en fe, basado en el evangelio que alguna vez escuchó o leyó durante el transcurso de su vida.

Cristo es la Respuesta.

Si la pregunta es, “Cómo puedo ser perdonado por mis pecados”, o “Cómo puedo ser salvo y tener vida eterna”, ¡por supuesto que la respuesta es Cristo! Si la pregunta del pecador es cómo puede confrontar  problemas y tribulaciones en su vida, también es cierto que venir a Cristo es la respuesta. Pero venir a Cristo en arrepentimiento y en fe no siempre significa que los problemas van a desaparecer. En algunos casos permanecen y para siempre, y en otros se tornan peor. Cristo es la respuesta en el sentido de que él nos dará la fuerza y la gracia necesaria para sobrellevarlos, al mismo tiempo que va moldeando nuestro carácter cristiano y hace que todas las cosas ayuden a bien para los que aman a Dios.

Es crucial que cuando usemos el cliché, que es perfectamente válido, sepamos definirlo y cualificarlo. En una sociedad materialista formada por individuos consumidos con una obsesiva  preocupación por ellos mismos, debemos tener mucho cuidado con ofrecer soluciones a corto plazo. Esta tendencia se ha introducido en medios evangélicos. Yo estoy tentado a escribir un libro titulado “Si Dios me Ama, ¿por qué mi auto no arrancó esta mañana?”  Estoy seguro que mis problemas económicos se desvanecerían gracias a las ventas.

Digo esto porque en la iglesia de hoy hemos hecho nuestra prioridad absoluta el no sufrir más, ese es nuestro objetivo en nuestra vida cristiana. Lo siento, pero tengo que decirles que Dios nunca ha prometido una liberación temporal del sufrimiento. Por el contrario, Dios nos habla en prácticamente cada página de la Escritura para que nos preparemos para sufrir.

Yo sé que se oye duro, esto lo último que queremos escuchar, pero el Evangelio no borra nuestro dolor presente, ni lo maquilla, ni lo extirpa como quien hace cirugía. En lugar de ello, el evangelio nos señala o apunta hacia otras realidades. Otras realidades que son infinitamente más hermosas que la solución a nuestros problemas, y nos da poder para  ejercitar un nuevo tipo de obediencia aun en medio del sufrimiento.

La Biblia no es un manual con las instrucciones de como no sufrir, sino que nos enseña a vivir en medio del sufrimiento. Si nosotros como maestros enseñáramos algo diferente, como “entreguen su vida a Cristo y vean como todo se soluciona”, o “Busquen a Cristo y verán como su sufrimiento desaparece”, estaríamos comprometiendo seriamente el evangelio.

Cuando los pastores  hablan de que Jesucristo  y la Palabra de Dios tienen el poder para transformar sus vidas, no se refieren a un proceso mágico por el cual todos sus problemas se van a solucionar, sino que se refieren a la transformación de la persona que resulta en la formación del carácter cristiano que Dios quiere desarrollar en nosotros.

Ahora bien, muchos cristianos nuevos pronto se desilusionan respecto a la nueva vida en Cristo debido a que se les dijo que “Cristo es la Respuesta”, en el sentido que desde el momento que recibimos a Jesucristo como nuestro Salvador personal, nuestra vida va a ser un plato de fresas con crema y todo se va a solucionar.

Uno de los peligros de la promesa “Dios le ama y tiene un plan para su vida” no es que no sea cierta. Son los detalles del plan los que pueden complicar las expectativas del recién convertido. Desde la perspectiva netamente humana, no existe en la Biblia ninguna historia que termine con el consabido “y vivieron felices para siempre”. Lo cierto es que en la vida del cristiano habrá luchas internas, pruebas, tentaciones y tribulaciones. Es por ello que es esencial que el cristiano tenga un entendimiento claro de lo que es su vida en esta nueva etapa, y se le prepare de modo que la pueda vivir con la certidumbre de que Dios lo capacitará para perseverar en medio de las circunstancias.

Y sí, por supuesto que Cristo es la Respuesta.

¿Dios aborrece el pecado pero ama al pecador?

“Dios no está enojado con usted, Dios le ama”,  “Dios odia el pecado pero ama al pecador”,  “Dios aborrece el pecado, no a usted”. Frases como éstas y similares se escuchan con frecuencia en medios evangélicos.

El cliché puede ser un tanto impreciso. El Antiguo y el Nuevo Testamento dejan bien en claro por boca de los profetas, los apóstoles, y Cristo mismo, que Dios está airado contra los pecadores por motivo de su pecado y sus transgresiones.

Un examen riguroso de la Escritura concluirá que la ira, el aborrecimiento y el juicio de Dios, están dirigidos contra el pecador tanto como contra los pecados:

“El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira.
Salmo 2: 4-5

“Los insensatos no estarán delante de tus ojos; aborreces a los que hacen iniquidad. Destruirás a los que hacen iniquidad. Destruirás a los que hablan mentira; al hombre sanguinario y engañador abominará Jehová.”
Salmo 5: 5-6

Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días.
Salmo 7: 11

Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece.
Salmo 11:5

Porque la ira de Dios se revela contra el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad.
Romanos 1:18

Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a lo que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia.
Romanos 2:5-8

Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.
Romanos 5:10

Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí.
Romanos 9:13

Entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hjos de ira.
Efesios 2:3

Si Dios sólo aborrece el pecado y no a los pecadores que cometen los pecados, ¿por qué destina a los pecadores al infierno?  ¿Por qué no envía al infierno sólo a los pecados? ¿Por qué Dios castigó a Cristo como sustituto del pecador, en lugar de castigar el pecado? Quizá porque el pecado no es algo que pueda castigarse. Nadie puede comprar medio kilo de pecado y cargárselo encima.

Ahora bien, ¿cómo reconciliamos lo que vengo diciendo con los pasajes que hablan del amor de Dios hacia nosotros Sé que a estas alturas el lector puede estar molesto porque estamos, en cierta forma, desmenuzando ideas preconcebidas que le han acompañado por mucho tiempo. Es mi deseo que el lector conserve ahora un espíritu dispuesto a examinar la Escritura objetivamente despojándose de presuposiciones que han sido taladradas en su mente.

¿Dónde está el amor de Dios en todo esto? Propiciación es la doctrina bíblica que dice que la muerte de Cristo en la cruz es lo que satisface las demandas de la justa ira y enojo de Dios. Propiciación es el regalo de amor del Padre que quita Su ira de la persona del pecador.

Definición de la ira de Dios: “La inevitable reacción de Aquel que es totalmente bueno, frente a lo que es malo”.

“La ira de Dios se revela desde el cielo” (Ro. 1:18). Es con esta frase que Pablo comienza la exposición del evangelio. La única forma de escapar la ira de Dios es corriendo a refugiarse en el Señor Jesucristo, la única esperanza en la vida y en la muerte.

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:36). La Escritura afirma que Jesús es el único que puede salvar al pecador  de la ira venidera (1 Tes. 1:10).

Estimado lector, ¿te encuentras a salvo en los brazos de Jesús?  ¿Estás pronto para el Día del Juicio?  ¿Has pasado de estar bajo la ira de Dios a estar bajo Su gracia y misericordia? Ven a Jesús, en arrepentimiento y fe, para que solo conozcas la ira de Dios como una doctrina y nunca como una experiencia propia.

No debemos juzgar el destino eterno de una persona.

Cuando en cualquier clase de conversación con gente que no es cristiana se menciona que el destino eterno de los que rechazan a Cristo es el infierno, invariablemente encontraremos que de pronto, alguien parece conocer la mente de Dios mejor que nadie cuando responde más o menos con estas palabras: “Sólo Dios conoce el destino eterno de una persona”.

En un sentido, el concepto es acertado si la idea se basa en la omniciencia de Dios. Pero la intención del momento es impedir o neutralizar el efecto que la exposición de la verdad bíblica puede estar causando en la mente de los escuchas. La noción subyacente es que nadie puede juzgar (discernir) el estilo de vida de alguien. La admonición viene frecuentemente acompañada con el consabido “No juzguéis para no ser juzgados”.

Es lamentable que este concepto se maneje aun dentro de círculos cristianos como resultado de la corriente humanística que ha invadido la iglesia, la cual procura entre otras cosas, no ofender a nadie. Claro está que no ofender a nadie, en este caso, significa no decir la verdad. Esto es muy conveniente para los cristianos que no desean traspasar los límites de su zona de confort.

La verdad bíblica antagoniza de plano con el cliché en cuestión. El apóstol Juan dice que la persona que es salva guarda obediencia a la Palabra de Dios (1 Jn. 2:3). Y aún va más allá cuando afirma que la persona que dice tener una relación con Dios, pero sin embargo vive en desobediencia, tal persona es “mentirosa y la verdad no está en ella (2:4).” Y otra vez, la prueba que muestra que la persona es salva es que ésta “permanece en él”, y “anda como él anduvo (2:5)”.

Como vemos, Juan no está hablando de cosas abstractas, sino de pruebas tangibles que son obvias a los sentidos y la capacidad de razonar del observador imparcial. Es manifiesto que el Espíritu Santo, a través de Juan, nos deja aquí lineamientos claros y precisos en cuanto a determinar quién es un genuino hijo de Dios, y quien no lo es, aun cuando éste reclame serlo. Es también obvio que a la persona que vive en pecado, de permanecer en ese estilo de vida, o de morir en esa condición, le depara un destino eterno en el infierno.

Esta no es la única instancia en la cual Dios provee la clave para que los cristianos podamos discernir la condición espiritual de una persona con el grado de certidumbre suficiente como para manejarnos en la vida diaria. De lo contrario, los cristianos estaríamos desprovistos de nuestra razón de ser, el anunciar las Buenas Nuevas con respecto al pecado y el camino de Salvación (1 Pe. 2:9-10).

En 1ra. de Juan existen más pistas inequívocas que nos proveen información sobre quién es un cristiano y quién no lo es. Veamos una:

“Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”. (1 Jn. 3:9)

El apóstol Juan no está afirmando que el cristiano no pueda pecar, sino que no hará del pecado un estilo de vida. Si un cordero y un cerdo caen en el lodo, las actitudes de ambos serán muy diferentes. El cordero va a querer salir y eventualmente lo hará, pero el cerdo permanecerá allí muy cómodo. Lo mismo es con la persona que realmente ha sido regenerada por el Espíritu de Dios y la que sólo presentó la apariencia de ser cristiana pero nunca fue salva. La diferencia entre los salvos y los no salvos es clarísima y se reafirma en el siguiente versículo (v. 10) donde el contraste es aun más evidente: “En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo”.

EL apóstol Pablo parecería tener la impresión de conocer el destino eterno de ciertas personas, cuando escribe:

“No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”. (1 Co. 6: 9-10)

Recientemente una hermana en Cristo me confrontó muy amorosamente cuando hice un comentario humorístico pero de contenido verdadero. Dije que Joseph Smith, el profeta mormón, ya hace tiempo que recibe lecciones de teología en el infierno (bueno, el Hades, para ser teológicamente exacto). La hermana planteó que los cristianos no debemos hacer comentarios acerca del destino eterno de las personas. Yo le dije que de acuerdo con la Biblia, y considerando que no existen evidencias de que Joseph Smith se hubiera arrepentido, la conclusión natural es que podemos determinar con un alto grado de precisión que su destino eterno es el infierno.

Muchos cristianos modernos coinciden con la hermana, pero esta es una manera absurda de pensar que además denota un conocimiento raquítico de la Palabra de Dios. Una de las artimañas de Satanás es hacernos creer que no debemos juzgar las doctrinas o los estilos de vida de las personas (2 Co. 2:11).

Si se supone que no podemos juzgar cuando una persona es salva o no, nadie podría ser bautizado o hacerse miembro de una iglesia protestante, o escoger pastores y líderes para su iglesia.

El apóstol Pablo dijo que no nos dejáramos engañar por cierta gente (1 Co. 6:9-11; Gá. 5:19-21). Si son paganos o falsos maestros, debemos decirlo. Si reclaman ser cristianos pero no obedecen la ley de Dios, Juan dice que debemos denunciarlos como mentirosos (1 Jn. 2:4). Pedro no tiene ningún empacho en decir adonde van a ir a parar los falsos maestros (2 Pe. 2:1s). Pablo, en 1 Timoteo 4, dice claramente que algunos predican doctrinas de demonios y los llama mentirosos.

Conclusión: Lo más amoroso que podemos hacer es juzgar a la gente de acuerdo con el criterio bíblico.

¿Ama Dios a todos los hombres por igual?

No existe duda que el plan de salvación fluye del incomparable amor de Dios. El amor de Dios emana de cada página en la Biblia. Ya en el Antiguo Testamento las menciones sobre el amor de Dios son múltiples y cristalinas. Cualquier persona con una concordancia puede localizar las referencias acerca del amor de Dios en el Antiguo Testamento. Un análisis de éstas nos lleva a la conclusión de que existen dos clases de amor de parte de Dios:

1. Amor no redentivo – Amor por el pueblo judío manifestado en las bendiciones individuales y colectivas, así como las promesas condicionales e incondicionales respecto a la nación. Este amor comprende o encompasa tanto al judío externamente obediente, como a los genuinos creyentes hijos de Abraham.

2. Amor redentivo – El amor de Dios relacionado con el don de la salvación eterna. Este tipo de amor por parte de Dios alcanza exclusivamente a los elegidos de Dios que son identificados como el remanente creyente de Israel (Is. 10:20-22; Ro. 9:23-29).

Es claro, por otra parte, que el amor de Dios en el Antiguo Testamento en ambos aspectos, redentivo y no redentivo, sólo se extiende hacia el pueblo del pacto, Israel. Ni una sola vez, en todo el Antiguo Testamento, se extiende a las naciones paganas de los alrededores.

Veamos ahora el amor de Dios en el Nuevo Testamento. Aquí, prácticamente todas las referencias al amor de Dios caen dentro la categoría de amor redentivo. Este amor redentivo de Dios es eficaz, irresistible e incondicional (Ro. 8:29-30; Ef. 5:25-27; Ap. 1:5). Los recipientes del amor redentivo de Dios ya no son solamente los elegidos de Israel, sino que ahora son incluidos los elegidos de entre los gentiles. Vemos, entonces, que el amor redentivo de Dios no está dirigido a toda la humanidad.

Desde que Dios ama a los que escoge y predestina para salvación, y desde que Dios no ha escogido a toda la humanidad para salvación, es obvio que Dios no ama redentivamente a toda la humanidad. Es cierto que Dios ama a la humanidad en general, aun hasta al impío en cierto sentido. Dios suple para sus necesidades físicas, por ejemplo (Mt. 5:44-45). Pero el amor por el impío es mucho menor que el amor que Dios siente por los creyentes (1 Jn. 3:1). Antes que enfatizar el amor no redentivo por los inconversos, la Biblia enseña con mucho mayor énfasis que Dios aborrece al pecador (Sal. 5:4-6; Pr. 6:16-19; Ro. 9:13; ver también la sección Dios aborrece el pecado pero ama al pecador).

Un pasaje que generalmente se usa para mostrar que Dios ama a todos los hombres por igual es Juan 3:16:

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Se argumenta que la palabra “mundo” (kosmos) implica que el amor de Dios se extiende a todo individuo que existió, existe y existirá sobre la faz de la tierra. No deseando en ninguna manera desbordarnos hacia la polémica de la expiación o redención limitada, nos concentraremos simplemente en deducir el significado de la palabra kosmos, y su inferencia lógica respecto al tema que nos atañe, ¿ama Dios a todos los hombres por igual?

Lo primero que debemos descubrir es a cuál tipo de amor se refiere el pasaje. Es obvio que la referencia al amor redentivo de Dios es indiscutible. Segundo, es sabido que Juan usa la palabra kosmos de diferentes formas en sus escritos. Razones de espacio nos impiden listar los diferentes significados de la palabra kosmos, los cuales son determinados en toda instancia por el contexto. En el caso de Juan 3:16, para hallar la definición de kosmos debemos ir a Juan 3:18-19:

Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito del Padre.

El erudito Ra McLaughlin presenta el argumento lógico de la siguiente manera:

a. Dios envió su Hijo a salvar el  kosmos.

b. Dios no envió a su Hijo a condenar al kosmos.

c. Los creyentes son salvos.

d. Los creyentes no son condenados.

e. Los no creyentes no son salvos.

f. Los no creyentes son condenados.

g. Desde que los NO creyentes son condenados (no salvos), en oposición al kosmos, el cual no es condenado sino salvo, los NO creyentes no son parte del kosmos en este pasaje.

h. Como los creyentes son salvos y no son condenados, del mismo modo que el kosmos es salvo y no es condenado, kosmos representa a los creyentes en este pasaje.

(http://www.thirdmill.org/files/english/html/th/TH.h.McLaughlin.LA.20.html)

La Escritura indica, en su contexto amplio, que el amor que Dios tiene por sus escogidos es diferente al que tiene por la humanidad en general. Por motivo de su amor por Cristo, Dios ha hecho a ciertos individuos el objeto de su amor especial desde antes de la fundación del mundo. Los ha amado por lo que ellos serían en Cristo, y el hecho de que ellos se convertirían en pecadores no fue suficiente para disminuir su amor:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad.
Efesios 1:3-5

Dios tiene un amor especial en Cristo por aquellos a los que predestina para salvación. Este amor no es el mismo amor que Dios tiene por la humanidad en general. Es un amor mucho más superior, es el amor redentivo y electivo de Dios, tan intenso que él no puede evitar salvar a los que son objeto de ese amor. Además de la famosa roca tan grande que él no puede levantar, ésta es otra de las cosas que Dios no puede hacer, dejar que los que él ama se pierdan. @

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