Una historia de valientes y otra de no tan valientes

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Una historia de valientes y otra de no tan valientes

 

Hace 3 años y medio terroristas palestinos secuestraron en Gaza a dos miembros de un equipo de noticias, un cameraman y un periodista de un canal de los Estados Unidos. Los periodistas fueron felizmente liberados luego de 13 días en cautiverio, pero antes de su liberación pudimos verlos en un video vestidos como árabes anunciando que se habían convertido al islam y cambiado sus nombres. A punta de AK-47 dieron su testimonio de conversión a la “pacífica y tolerante” religión de Mahoma. Del nombre del grupo que los secuestró no me recuerdo ya que es muy difícil estar al día con la lista. Parecería que cada vez que se reúnen tres o cuatro de estos energúmenos en un sótano, surge un nuevo grupo.

Fue obvio que los autores del secuestro lo hicieron con el beneplácito, sino complicidad, de las autoridades palestinas. Estos terroristas saben que el video no tiene valor evangelístico ninguno. Las conversiones forzadas no son muy efectivas para ganar adeptos. Para ellos, el valor propagandístico del video reside en que es una radiografía del alma de la nueva generación de occidente. El dictamen del radiólogo sería, a primera vista, cobardía convencional. Nada grave, nada fatal, pero una exploración más profunda revela que potencialmente la enfermedad es mucho más seria. Las masas de fanáticos musulmanes se regocijan y envalentonan ante la actitud de dos hombres que harían cualquier cosa, por más rebajante que sea, para salvar sus vidas.

En principio, alguien puede acusarme de ser poco comprensivo. Hasta se me puede señalar que de haber estado en la misma situación, yo hubiera hecho lo mismo. Afortunadamente, no me ha tocado estarlo. Para algunos, lo que hicieron estos dos individuos fue un acto natural de autopreservación, hasta inteligente si se quiere, de cooperar con el objetivo propagandístico del video y de esa forma garantizar su libertad. Podemos entender eso y dar vuelta la página. Pero basándonos en las declaraciones de los dos hombres luego de la finalización del cautiverio y su retorno a América, no nos quedó duda que no lo pensaron dos veces cuando se trató de cooperar con los terroristas con tal de salvar sus vidas. Aun más grave es el hecho de que ellos no vieron nada malo en lo que hicieron, sus conciencias no fueron perturbadas en lo más mínimo.

Dificulto que sean cristianos. La inmensa mayoría de los integrantes de los medios de comunicación no lo es, pero al menos deben tener una noción elemental de que convertirse al islam, aunque sea de “mentiritas”, equivale a negar a Cristo. Millones de cristianos a través de la historia se negaron a hacerlo y pagaron con sus vidas. Estos fueron verdaderos mártires indefensos, no los mártires del islam con una AK-47 o un chaleco bomba alrededor de su cuerpo.

Claro que no se necesita ser cristiano para ser valiente. Hace cuatro años un periodista italiano, Fabrizio Quattrochi, a quien se le pidió que vocalizara algunas frases implorantes como parte del video de su ejecución, se quitó la capucha y gritó, “¡Así muere un italiano!” Esto no le agradó a sus captores quienes lo mataron a tiros en lugar de aserrarle la cabeza. Este italiano, ejemplo de valentía, convirtió un video-propaganda a favor de los bárbaros del islam en un monumento a la dignidad humana.

Quattrochi había sido capturado con otros tres amigos, cada uno de los cuales rogó por su vida. Los dos periodistas de  nuestra historia, también rogaron por sus vidas aunque de otra manera, aun quizá sabiendo que sus vidas no estaban en peligro. Pero todo el mundo musulmán tuvo el placer de ver, gracias al satélite, de qué clase de fibra estamos hechos en el mundo occidental. Esta es la generación que ha creado el laboratorio del humanismo secular prevalente en nuestras sociedades, hombres sin principios ni valores incapaces de luchar por algo.

Hasta aquí la historia “de no tan valientes”, que en sí contiene también la historia de un valiente, Fabrizzio Quattrochi. Pero la historia de valientes que quiero contraponer comienza en una planta de horneado de ladrillos, en el lejano Pakistán. El ministerio La Voz de los Mártires reporta que dos hermanos, Shahzad, 18, y Saraj Bashir, 20, trabajadores de la planta, tenían tal testimonio cristiano delante de otros que se ganaron la animosidad del dueño de la fábrica. Este, luego de insistir por un tiempo en que los jóvenes se convirtieran al islam, perdió la paciencia y los secuestró llevándolos a una localidad apartada donde los retuvo prisioneros.

Los jóvenes fueron recluidos en una pequeña choza con piso de barro y sin camas, colchones, ni sillas. Se les proveía comida una vez al día y en sus visitas, el dueño les golpeaba con un palo porque ellos se negaban a renunciar a su fe en Cristo Jesús. Hasta les arrojó ácido en sus brazos en una ocasión. Luego de un mes de cautiverio, descubrieron un día que la puerta de la choza estaba abierta y pudieron escapar, no sin dejar de agradecer a Dios por el milagro. Luego de una caminata de varios días lograron llegar hasta donde vive su familia. Hoy se encuentran escondidos en alguna parte de Pakistán. El dueño de la fábrica aun sigue buscándolos bajo el pretexto de que los jóvenes le deben dinero. La historia puede leerse con más detalle en: http://www.worldnetdaily.com/news/article.asp?ARTICLE_ID=54031

Historias de valientes como la anterior abundan por centenas en las tierras donde los cristianos son perseguidos, y un gran número no terminan tan felizmente. La gran mayoría de los atropellos, encarcelamientos y asesinatos son llevados a cabo por turbas o individuos que no están asociados ni pertenecen a organizaciones terroristas. Simplemente son musulmanes que actúan con el odio y la saña que la religión del islam les ha inculcado. En el mundo moderno, poco y nada se informa de estas cosas, ni en la prensa secular, ni aun en filas del cristianismo. Es hora de que los cristianos respondamos ante la persecución de nuestros hermanos alrededor del mundo, y no digo solamente en oración, sino también en forma militante y material. <>

 

Pablo Santomauro

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